¿Cómo transformamos los territorios? La pregunta no es retórica ni académica, es un llamado de auxilio en un estado de emergencia, es una urgencia ética y un permanente cuestionamiento a la clase política.
Hoy resulta imposible hablar de desarrollo territorial sin hablar de gobernanza, esa capacidad colectiva de dialogar, decidir y construir futuro desde el encuentro entre Estado, empresa y la sociedad civil, pero que a veces suena como una utopía alimentada por académicos desde la comodidad de cualquier escritorio de un céntrico distrito de la capital de cualquier país de Latinoamérica.
Y, aunque parezca contradictorio al propio cuestionamiento que estoy haciendo, es uno de los pocos “nortes” a los que le encuentro sentido para abordar la problemática de los territorios ricos en biodiversidad, minerales, agua y energía, pero con alta vulnerabilidad en servicios básicos, educación, salud y empleo digno. Esos espacios que lidian con el divorcio entre riqueza natural y persistencia de brechas sociales.
Frente a esta realidad, la pregunta se vuelve más concreta: ¿Cómo transformamos los territorios sin reproducir desigualdades? ¿Cómo convertimos la riqueza natural en bienestar sostenible?
Necesitamos articular los territorios en torno a liderazgos que propongan soluciones a problemáticas sentidas de la población, con la capacidad de tender puentes con sus propuestas, las cuales promuevan el desarrollo económico, el cierre de brechas sociales y el cuidado ambiental.
En estos últimos meses he conocido a personas, historias y proyectos de diversos países de Latinoamérica que han decido ponerle cara al viento y transformar las problemáticas de sus territorios, como es el caso del peruano Julio Garay, un sencillo joven del campo con la mística de un emprendedor que ha decidido combatir la anemia a través de una fórmula validada en sus galletas Nutri H. Sin proponérselo, este joven ayacuchano se está convirtiendo en el héroe que no tuvo cuando enfrentó esta enfermedad, y hoy su cruzada puede ser un buen ejemplo de aglutinar esfuerzos en torno a un problema común.
En las alturas de Yumbo, en Cali (Colombia), casi como una aventura quijotesca, Joaquín Navia ha decidido “complicarse la vida” a través de su organización Ecovida que promueve el proyecto “Agua para todos”, donde articula la restauración de bosques, la agricultura regenerativa y nutrición infantil.
Aquí, Joaquin vivió lo que todos viven en el Valle del Cauca: el estrés hídrico. La diferencia fue la toma de decisión de articular y liderar una propuesta que hoy es convocante y ha generado una gobernanza local para el abordaje de esta problemática y sus temas conexos.
Por otro lado, en centroamérica, específicamente en Guatemala, Antonio Camposeco, hijo predilecto del pueblo maya popti’ en Jacaltenango, decidió “darle vuelta a la tortilla”, enfrentar la contaminación de sus ríos y bosques en el momento más oscuro de nuestra historia reciente: la pandemia de COVID-19; para convertir la basura en su principal insumo en su propuesta de fábrica de madera plástica, una experiencia que articula la organización en cooperativas, residuos sólidos, cuidado ambiental e inclusión social ¿Hay duda que esta iniciativa no sea una agente articulador en territorio?
En Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), Carolina Descarpontriez, cual “Hada de los Bosques”, ha creado un mundo llamado Jekuaá, un espacio extraordinario que se debate entre ser una escuela en un bosque o un bosque en una escuela, donde trata de formar a las futuras generaciones desde la educación ambiental, en una región golpeada por los incendios forestales y la tala ilegal.
Y, por último, debo mencionar a OCAS (Organización Comunitaria para la Adhesión Social), nacida en Belém do Pará (Brasil) y liderada por Renato Rosas, un extraordinario y visionario líder con la capacidad de articular cultura, desarrollo social y cuidado ambiental, con propuestas altamente escalables, pero sobre todo con la capacidad de asumir riesgos y tomar decisiones propio de quienes están preparados para transformar territorios.
Hoy más que nunca Latinoamérica necesita territorios vivos, no solo productivos; comunidades protagonistas, no solo beneficiarias; liderazgos colaborativos y transformadores, no caudillistas, pues de esos tenemos bastantes y sus acciones solo alimentan sus egos.
Ese es el desafío, el compromiso y el camino.






